Un tema delicado: ¿A qué edad dejar de conducir?

Ricarda Dieckmann (dpa) – Cuando comenzamos a darnos cuenta de que nuestros padres o nuestra pareja pueden llegar a ser un riesgo manejando, se nos hace un nudo en la garganta. ¿Cómo se lo podemos transmitir? Sabemos que es un elemento esencial de su independencia y que forma parte de su vida cotidiana, pero si vemos que nuestro padre ignora la señal de detención o que nuestra pareja no frena hasta último momento, tal vez haya que intervenir. Existen varias maneras.

El primer punto que deben tener en claro los familiares es que no todos los conductores de avanzada edad representan un riesgo para la seguridad vial. En líneas generales, este grupo etario suele verse mucho menos involucrado en accidentes de tránsito que las personas más jóvenes.

Sin embargo, “los datos demuestran que las personas mayores de 75 años sí son un grupo de riesgo vinculado a los accidentes”, dice la psicóloga especializada en cuestiones viales Andrea Häussler. Muchas personas, con la edad, dejan de oír y de ver bien, además de perder ciertas capacidades motrices, como la mirada por sobre el hombro antes de doblar.

Debilitamiento de la concentración y la atención

“También es natural que la capacidad de concentración y de atención se vayan perdiendo con la edad”, dice Claudia Happe, especializada en cuestiones de psicología vial. A eso se suma que aumenta la probabilidad de padecer otras enfermedades, con lo cual la persona en cuestión se ve más expuesta a sufrir posibles efectos secundarios de medicamentos que derivan en una menor seguridad a la hora de conducir.

Muchos cambios se van dando poco a poco y llaman más la atención de la gente que rodea al afectado que a quien los está experimentando. Sin embargo, “muchas personas mayores notan por sí mismas cuando no se sienten del todo cómodas manejando y actúan en consecuencia”, observa Andrea Häussler. Otras, en cambio, no dejan de manejar aunque sus familiares desearían que lo hicieran.

Cuando se acumulan muchos errores graves al volante o si incluso se produce un accidente, las señales son claras. De todos modos, también hay manifestaciones algo más sutiles que son indicadores de que la capacidad para conducir está mermando. “Por ejemplo, si una persona muestra reaciones tardías ante el semáforo en reiteradas oportunidades o duda a la hora de dar prioridad de paso a otro vehículo”, advierte Claudia Happe. “O cuando la persona de repente duda mucho o se niega a conducir en tramos desconocidos, eso también puede ser un indicador”, añade.

Si alguien pierde cada vez más la paciencia al conducir e insulta cada vez más o se enoja mucho con otros conductores, puede ser una señal de inseguridad. Otro indicador es el estado del coche. “A más tardar cuando uno tiene cierto miedo de ir en coche con la persona mayor al volante es hora de poner el tema sobre la mesa”, recomienda Häussler.

La licencia de conducir, símbolo de la independencia

Tener esa conversación no es nada fácil para ninguna de las partes. “Para los mayores, que tal vez estuvieron décadas manejando sin tener ni un solo accidente, es muy difícil sentir que se les señala algo que supuestamente hacen mal”, observa Happe. También sucede que la licencia es todo un símbolo de independencia para mucha gente, es la posibilidad de decidir por sí mismos qué quieren hacer y adónde ir. Renunciar a eso es un paso muy doloroso.

Por eso es necesario que los familiares aborden el tema con la precaución que merece. Una posibilidad es describir del modo más objetivo posible las observaciones que se hacen sobre el modo de conducir del otro y transmitir en todo caso la preocupación o los miedos que eso genera. “El objetivo es desdramatizar el tema y generar ideas entre todos sobre cuál sería un buen modo de organizar la movilidad en el futuro”, dice la psicóloga vial Birgit Scheucher.

Lo positivo es que existen varias soluciones entre los extremos de “dejemos todo como estaba” y “se acabó, me llevo la licencia”.

La radicalidad no siempre es necesaria

Una posibilidad sería que la persona en cuestión hiciera más pausas entremedio o que deje de conducir cuando llueve o cuando está oscuro. “Si una persona consume alguna medicación que no tiene un efecto tan fuerte por las mañanas, podría aprovechar esa hora del día para salir con el coche”, dice Häussler. Además, si alguien decide dejar de manejar, igual puede conservar la licencia.

La mejor solución es la que se adapta a las necesidades y capacidades de cada uno. A veces, las soluciones no se encuentran de un momento a otro y tal vez sirva contar con la mirada de alguien externo. Podría pedírsele por ejemplo a un profesor de conducción que dé una vuelta con la persona y le dé su parecer. Algunas instituciones también ofrecen chequeos o tests de movilidad que pueden ayudar a la hora de tomar una decisión.